Cuestionario


Alberto Blanco
Respuestas al cuestionario de Julio Ortega

1. Si quisiera Ud. recordar su primer poema, o su primer libro¿podría evocar el impulso inicial de su escritura? Aleixandre dijo que se hizo poeta el día que leyó un verso de Rubén Darío. ¿Cómo se reconoció Ud. en diálogo con la poesía?

AB: Para evocar el impulso inicial de la escritura tendría que remontarme al tiempo en que aprendí a escribir, aunque en la familia nadie sabe cuándo aprendí a escribir; sólo se sabe que cuando fui a la escuela ya sabía yo leer y escribir. O tendría que remontarme a un tiempo anterior a eso… porque sé que yo comencé a cantar antes de escribir. Y no todo lo que yo cantaba era una imitación servil. No sólo hacía variaciones a las canciones populares, sino que inventaba yo otras.
Sin embargo, es indudable que en la adolescencia se da un nuevo despertar a las posibilidades de la escritura que tiene que ver con el descubrimiento trascendente de la opacidad del lenguaje, por un lado, y con el hallazgo fabuloso que supone el darse cuenta de que es posible utilizar el lenguaje (o dejarse utilizar por él) para decir lo que nunca antes habíamos visto, lo que nunca antes habíamos pensado, lo no soñado…
En este sentido, hace muchos años (debe haber sido a finales de 1973) me tocó vivir una experiencia traumática que me confirmó para siempre que mi destino como escritor era la poesía. Para ese entonces yo llevaba un poco más de un año asistiendo esporádicamente al taller que impartía Huberto Batis en su casa. Un taller que lo mismo era de escritura compartida con los demás compañeros, que de lectura y, sobre todo, de conversación.
Resulta que una tarde, al salir del cine Roble en compañía de mi novia y futura esposa, Paty Revah, al llegar al pequeño automóvil que yo tenía entonces (un Renault azul) descubrí para mi zozobra, que las puertas del auto estaban abiertas: habían sido forzadas y me habían robado todo lo que se podía robar de mi humilde coche. En un instante comprendí la íntima tragedia: se habían llevado mi morral con la paga del mes (uno de mis primeros sueldos como profesor de química), repleto de dibujos y fotografías,pero, sobre todo, se habían llevado con mi morral todo lo que yo había escrito en el año y medio que llevaba asistiendo al taller. ¡Y yo no tenía copias!
Aunque nunca supe bien a bien que es lo que estaba escribiendo en ese tiempo (algunos pensaban que se trataba de una novela), yo sólo recuerdo que, al darme cuenta de que ya no iba yo a recuperar todos aquellos escritos, y en la más completa desesperación, decidí hacer algo absurdo: esa noche me propuse reescribir todo ese trabajo. Para la madrugada era dolorosamente obvio que semejante esfuerzo era inútil. O casi inútil… porque para mi gran sorpresa, descubrí que después de horas de ardua batalla,sólo había podido rescatar algunos fragmentos que había dejado al margen de la narración. Esos fragmentos eran pequeños poemas.
A final de cuentas aquélla fue una noche epifánica: se me descorrió el velo. Donde creí que estaba mi debilidad, estaba mi fuerza: no la narración. La poesía.

2. A sus lectores les gustaría seguramente conocer su biblioteca,esa ilusión de un árbol genealógico del poeta. ¿Qué libros de poesía, si alguno, motivaron la juventud de su ejercicio poético? ¿El poeta, inventa a sus precursores o, más bien, imagina a sus lectores?

AB: Si hubiera que hacer una lista de libros de los poesía o de los poetas que han motivado mi ejercicio poético, ésta tendría que ser interminable. O bien tendría que intentar responder a la pregunta de otra manera. Porque siempre que se habla de motivadores, de influencias, se piensa en las influencias de los grandes poetas, delos grandes escritores. Y la verdad es que a uno le influye todo. A uno le influye el clima, a uno le influye el estado de ánimo, la salud,la posición de las estrellas, el humor de la esposa, el ruido en la calle, la grasa de la comida, las noticias en el periódico, un buen poema, un mal poema, un poema mediocre, una pieza que ya conocíamos, o una que hemos leído por vigésima vez… a uno le influye el resultado del partido de básquetbol o de fútbol del día de ayer, una película o esa canción que apenas se insinúa a la distancia, los sueños de anoche o una buena conversación. A uno le influye todo. Las influencias no son nada más las obras de los grandes poetas, los grandes maestros. El mundo es la mejor biblioteca y la realidad toda nuestro árbol genealógico.
Sin embargo, la pregunta casi siempre apunta en otra dirección… se nos pide una lista. Así que, ¿de qué poetas podemos hablar? Yo he dedicado mucho tiempo a la poesía. Mucho, mucho tiempo. Yo creo que la poesía le da a uno lo que uno le da. Como todo. Y en una vida dedicada a la poesía, por supuesto que he leído una enorme cantidad de poetas de muy diversas tradiciones; poetas que han escrito en muchos idiomas. Un simple recuento de los poetas que yo mismo he traducido ya nos daría una primera aproximación.

He traducido a una enorme cantidad de poetas de lengua inglesa: desde Emily Dickinson, por quien siento un amor muy especial, hasta W.S. Merwin; desde Allen Ginsberg hasta Walt Whitman. He traducido a Gary Snyder, a Kenneth Patchen, a Robinson Jeffers, a Ammons, a Robert Bly, a Charles Olson, a Lawrence Ferlinghetti.  He traducido a Philip Lamantia.  He traducido a Robert Creeley, a Robert Mezey, a Julian Palley.  La verdad, son tantos… Poetas más jóvenes, a Robert Jones, por ejemplo, a Michael Palmer. Pero he traducido también a poetas de otras lenguas, como Jules Laforgue, por ejemplo, de quien T. S. Eliot bebió tanto. Y he traducido a Eliot y a Pound, por supuesto.  Ezra Pound me enseñó mucho sobre la traducción. He traducido del portugués también, a Fernando Pessoa, que es uno de mis poetas favoritos.

He traducido poesía china. Aprendí el chino para poder leer a los poetas chinos que más quiero: a Su Tung Po, a Wang Wei, a Tu Fu, a Po Chu Yi, a Tu Mu, a Li Po. He traducido con el tiempo, y haciendo un gran esfuerzo, completo el maravilloso Tao Te Ching.

Incluso, he cometido la temeridad -o la barbaridad- de traducir a poetas cuya lengua original apenas entiendo, como el danés Ivan Malinowski, o como Bertolt Brecht. Sin embargo, debo aclarar que en estos casos lo he hecho al alimón con otros traductores (francisco Uriz, Pura López Colomé) y me he basado en todas las traducciones que he podido conseguir pidiendo el apoyo de gente que sí habla el idioma original. Lo he hecho para traducir poemas que a mí me dicen mucho. Desde luego también he traducido textos budistas que para mí son muy importantes. He traducido completo El Dhammapada, por ejemplo. De tal manera que nada más por el camino de la traducción ya podemos ver que el paisaje es muy amplio.

Me gustaría mucho poder traducir del náhuatl y poder traducir más poesía mexicana antigua que la que conozco, porque la poesía que conozco escrita en lengua náhuatl es para mí fundamental. Yo quisiera conocer más y tener más poemas, por ejemplo, de Ayocuan Cuetzpaltzin que es mi poeta náhuatl favorito.

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